Sarita

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Por Pegaso

Reynosa, Tamaulipas.- Andaba yo volando allá, cerquita de la estratósfera, disfrutando de los primeros frescos de la temporada otoñal y preparándome para el invierno que promete estar bien canijo, por aquello del cambio climático.

Ya en mi búnker, sentado frente a la telera, me di cuenta de la forma en que las televisoras manipulan a las masas a su antojo y conveniencia. Me refiero, por supuesto, a la muerte del cantante José José y todos los dimes y diretes que se han desatado en derredor.

Como resultado de todo eso, México tiene un nuevo enemigo.

Olvídense de los narcotraficantes. Esos son niños de pecho.

¿El encarecimiento de los artículos de primera necesidad, que en este año ya van en más de un veinte por ciento? Eso es pecata minuta.

¿Que las modificaciones a la ley fiscal que nos coloca como delincuentes hasta que demostremos lo contrario? Naaaaaaa.

¿Qué el cólera porcino? Nanay.

Sarita. Sarita es la nueva enemiga del pueblo de México.

A ver, ¿con qué derecho nos quita a los más de 120 millones de mexicanos el tener los restos de su papá enterrados en nuestro país?

Y Sara grande, ¿por qué insiste en cremar el cuerpo en lugar de dejarlo íntegro?

Todas esas preguntas que se hace el pueblo de México, gracias a la influencia de los medios masivos de comunicación, chocan con una terrible realidad: La esposa de José José es la tal Sara grande y como cónyuge legal, tiene la decisión última sobre el destino de los restos mortuorios del artista.

El pueblo mexicano, en lugar de satanizar a las dos Saritas, debería apelar a su magnanimidad, porque en realidad ellas tienen el DERECHO de hacer lo que les venga en gana con el cuerpo, y no vale que millones, o miles de millones de personas lo reclamen y quieran llevárselo a su casa.

A ver, si yo me muero y los vecinos de mi colonia, que me quieren mucho, desean enterrarme en el panteón Español, pero mi esposa, que tiene todos los derechos legales, quiere enterrarme en el Valle de la Paz, ¿quién tiene la razón legal?

Lo que pasa, mis queridos conciudadanos y conciudadanas, es que los mexicanos somos como los perros de rancho, cuando ladra uno, ladran todos los demás, aun cuando no sepan a qué le ladran.

Ya he denunciado la nociva influencia de las grandes televisoras, que sólo nos ofrecen contenido chatarra para mantener nuestra mente ocupada, esperando ver a qué artista se le vieron los calzones o cuál se divorció de quién.

Hemos llegado a un punto de ductibilidad tal que hacemos y pensamos lo que quieren que hagamos y pensemos las televisoras.

Mientras tanto, el rating logrado con el affaire de José José alcanza cifras históricas, y los propietarios de los medios masivos de comunicación se llenan las bolsas de billetes con la venta de publicidad.

No soy experto, pero si antes del escándalo costaba 5 millones de pesos el spot, ahora cuesta el doble o el triple, fácilmente.

Perfumes, autos, papitas, detergentes y muchos productos más, tienen las ventas garantizadas, mientras nuestra mente obnubilada trata de explicarse por qué las Saritas no sueltan el cadáver de José José.

Júrenlo mis dos o tres lectores, que si en este momento Sarita se planta en medio del Zócalo y grita: “¡Yo soy Sarita, la hija de José José!”, no pasarán ni cinco segundos antes de que se llene el lugar de iracundos ciudadanos dispuestos a colgarla, guillotinarla, aventarle una bomba atómica o quemarla viva.

En las redes sociales circuló la imagen de varias piñatas con la efigie de Sarita, elaboradas por la famosa piñatería Ramírez de la calle Bravo.

Las figuras se vendieron como pan caliente. Eso nos da una idea del nivel de odio que han generado televisoras como Tele Aztuerca en el ánimo de los mexicanos, contra las herederas legales del ídolo de la canción romántica.

A final de cuentas, se trata de una cortinota de humo, una caja china para que el Gobierno Federal meta a chaleco algunos temas polémicos, como el del aeropuerto, el tren maya o la nueva refinería sin que los pagaimpuestos podamos decir pío.

Termino mi colaboración de hoy con el refrán estilo Pegaso: “Sin palabras, varona, posees hoja metálica corta afilada con empuñadura”. (NI hablar, mujer, traes puñal).